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Ya un cuarto de siglo...
Aquel diecinueve de noviembre presagiaba ser un día diferente: amanecía sin nubes y el feriado inauguraba una mañana tranquila. Alguna que otra carreta transportaba leche cruzando la Plaza Moreno y levantaba densas nubes de tierra a su paso. Los madrugadores podían notar que el centro geográfico de la ciudad lucía distinto: colgaban ramos de flores de los árboles más altos y en el centro, el secretario de la Primera Junta brillaba en el bronce como nunca, gracias al sol de aquella mañana de noviembre. Es que La Plata, ciudad pensada y soñada antes de nacer, llegaba a su cuarto de siglo y la juventud imponente de la urbe no aceptaba malos augurios.
Así lo entendió la población que se hizo eco, en ese día de fiesta, del lema optimista de mirar al futuro. Dardo Rocha encabezaría el festejo e inauguraría, en aquel prematuro cuarto de siglo, el punto exacto donde el pasado tendría que dejar de figurar en la primera plana de los diarios para dar paso al mirador potencial del "mañana".
El abstracto y abarcativo pasado cobraba forma en aquellas eternas disputas entre fracciones políticas, que al fin y al cabo hablaban del mismo proyecto, pero que confrontaban, realmente, por llevar las riendas del progreso.
Desde aquellas remotas horas de alegría, podían verse, como en la paleta de un pintor, los elementos aún disgregados -puerto, edificios públicos, universidad- que conformarían aquel horizonte de trabajo y riquezas desde el trampolín de la joven ciudad.

El Tedeum en San Ponciano, la función de gala en el Teatro Argentino, el corso de flores en el bosque y la colocación de una placa en el Palacio Municipal demostraban que los esfuerzos no eran en vano: "A La Plata. Hermosa hoy, mañana ilustre y grande, en el XXV aniversario de su fundación".
Entonces... ¿Cuánto tiempo hacía falta para ver a la nueva ciudad encaminada en el ideario iluminista?
A la gran mayoría de la población parecía no preocuparle resolver tal escollo pues la ecuación era relativamente sencilla: mientras se estuviera en el camino del desarrollo, poco importaba hacer cálculos. El sólo hecho de estar transitando por él, era garantía que, tarde o temprano, la joven ciudad daría a luz un nuevo hombre, aquel nuevo habitante del suelo argentino que soñó Alberdi en sus puntos de partida para la República Argentina.
Así lo entendió Benito Lynch, quien, esa mañana daba a conocer un cuento en el diario "El Día", estrechamente emparentado con aquella línea de progreso continuo inaugurado oficialmente el día de la fundación de la nueva capital. El relato usaba la fantasía para mostrar un boceto de lo que sería la ciudad en el futuro. Para el autor, ese futuro tenía fecha de vencimiento: el 19 de noviembre de 1942. Treinta y cinco años, después de todo, no eran nada.
Pese al panorama, disparador de un futuro promisorio no muy lejano, era claro que a un sector de la dirigencia política de la época le importaba mostrar que sus planes iban convirtiéndose en algo palpable. Y tener en sus manos las riendas del poder no constituía un objetivo menor.

Al calor del debate
El diario de la tarde La Reforma, cuya figura y redactor principal fue Juan Más y Pi, intentaba un perfil polémico, ilustrado y confrontador. Al año de vida contaba con cuatro páginas a siete columnas, algunas innovaciones tipográficas y títulos sugerentes e irónicos. Fue el único periódico platense que en el cumpleaños número veinticinco de la ciudad reabría un debate que nunca se había acallado totalmente: ¿la ciudad ha satisfecho las necesidades que inspiraron su creación? y de no ser así ¿cuáles eran los motivos de su estancamiento?
Promediando 1907, como nota conmemorativa de los 25 años que cumplía La Plata aquel 19 de noviembre, el Diario La Reforma reiniciaba la polémica titulada "Sobre el presente y el futuro de La Plata, Encuesta Organizada por La Reforma", cuyo párrafo inicial comentaba: "La fundación de La Plata, hecho histórico que hoy se conmemora, no puede ser objeto de excesivos ditirambos. Demasiado se la ha criticado durante largos años para que, en sólo un día, puédanse echar en olvido todos los argumentos en su contra y tejer un himno en su favor. En este como en muchos otros casos, ocurre una contradicción que es norma del vivir".
Entre los encuestados opinaron el Doctor Dardo Rocha, el Ingeniero Emilio Mitre, Joaquín V. González, Dr. David Peña y el Profesor Víctor Mercante. Los temas abordados giraron en torno a la ubicación de la ciudad y si su hipotética dependencia con Buenos Aires obstaculizaba su desarrollo. También a la posibilidad de un futuro traslado y federalización, al establecimiento de las instituciones de enseñanza y por último, cómo cada entrevistado veía el futuro de la ciudad.

El Doctor Dardo Rocha la comparaba, muy sintéticamente, con Chicago y orgulloso afirmaba que "en igual número de años de vida basta para vaticinar el futuro que le espera en su porvenir".
Por otra parte, el Ingeniero Emilio Mitre, diputado nacional y director del diario La Nación, hacía hincapié en la mala elección de su ubicación, no por la proximidad a la Capital Federal, sino por carecer el paraje de condiciones favorables al asiento y rápido desarrollo de una gran población: "No es una zona apta para cultivos intensos, no es cabecera o punto de convergencias de corrientes comerciales, no tiene bellezas naturales".
Para justificar su posición afirmaba que "A poca distancia, en la Ensenada, la Capital de la Provincia habría gozado de las ventajas de una ciudad puerto y ya habría superado en importación a Rosario. En Bahía Blanca habría constituido el centro más poblado y rico de la República, en Mar del Plata, habría determinado la creación de un gran puerto marítimo y sería además una ciudad suntuosa. En Chivilcoy o en Azul habría anticipado la construcción de los ferrocarriles de la Pampa y sería el núcleo de la vida agrícola del sud o del oeste. En San Nicolás sería el emporio de la exportación de una región tan rica como dilatada: la mesopotamia."

Para el senador, el sitio donde se desarrollaba la Capital de Buenos Aires no había tenido más energías impulsoras que las de la especulación de la tierra "desgraciadamente fugaz", entonces la ciudad, en consecuencia, había tenido que crecer por su propia fuerza, de su propia sustancia, asimilando lentamente los elementos de su organismo, en pugna contra las condiciones adversas que la rodeaban.
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