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Por la Lic.Constanza Crowder
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En
las primeras décadas de 1900, un mundo de roles, etiquetas y maneras
de actuar dominaba la escena de la vida cotidiana y por ende, las formas de
pasar el tiempo libre. Mundo no tan lejano, pero lo suficiente como para percibir
hoy con extrañeza ciertos rituales que pintaban aquel principio de
siglo XX.
La clase, el género y la edad eran las principales limitaciones a la
hora de divertirse y nadie se oponía a las reglas del juego. Se disfrutaba
en los ratos de ocio, pero con la mirada ajena a cuestas. Indefectiblemente.
Por aquellos años, pertenecer a la
elite significaba someterse a reglas y costumbres que eran cumplidas a rajatabla
como admisión implícita a ciertos lujos y lugares de encuentro.
Los hombres "del centro" hacían vida social en el Jockey
Club de La Plata y allí pasaban horas; jugaban al bacará, al
póker y los más osados practicaban esgrima. Mientras cenaban,
se dedicaban a la actividad masculina por excelencia de aquel tiempo: hablar
de política.
En cambio las
mujeres, al estar sometidas a innumerables prejuicios, tenían una vida
social limitada. Sus actividades se
reducían
al hogar y las pocas distracciones que disfrutaban eran las tertulias familiares.
Allí tomaban el té, acompañadas por la interpretación
de los músicos clásicos inmortalizados en las vitrolas.
Las más jóvenes, al estar vigiladas bien de cerca, sabían
como aprovechar toda ocasión para mostrarse y reconocerse. Ir a la
Iglesia, por ejemplo, era toda una salida. Los sábados y domingos por
la tarde, las puertas de la Iglesia San Ponciano, el Sagrado Corazón
o la Catedral, se poblaban de jóvenes que aún no encontraban
un lugar para sus primeros intentos de acercarse al sexo opuesto.
Allá por 1920, el diario "El Día" publicaba:
"Consejos útiles para el hogar" y se extendía, todas
las semanas, en pasajes imperdibles: "Asistir a misa con devoción:
Muchas personas toman el ir a misa como una diversión, y no como una
devoción. Y si no es verdad lo que aseguro, que lo nieguen algunas
jovencitas que asisten al oficio divino solamente porque saben que a la salida
verán al asiduo festejante, que desde el atrio les dirigirá
una mirada prometedora... La prueba es la forma en que se presentan las pretendidas
jóvenes devotas en la casa de Dios, con sus mejores galas: el sombrerito
nuevo, el elegante traje de sastre que realza su figura juvenil, el "rimel"
de las pestañas, el "rouge" de los labios y la impecable
melena que dejará al descubierto la nuca depilada, al inclinarse místicamente
ante el altar. ¡No se respeta la casa de Dios! Ninguna creyente elegante
y mundana va a la primera misa, ni a la segunda ni a la tercera, sino a la
de las once, que es la más concurrida. Hoy hay modas hasta para ir
a misa... "
El paseo de buen tono era recorrer las tiendas del centro. La típica
"vuelta al perro", propia de los pueblos de la provincia, se realizaba
casi como un ritual por la calle 7, de 48 a 49. Cuando caía el sol,
los platenses se daban cita allí y, con el paso lento del que no tiene
que llegar a ningún lado, pasaban por la ferretería La Tenaza
(49 y 7), que exponía los primeros Studebaker llegados a la ciudad.
Una de las atracciones de amplia y libre concurrencia eran los "inventos
de época". Las crónicas periodísticas cuentan que
allá por el año 1906 apareció en La Plata el primer automóvil,
perteneciente a los dueños de la tienda céntrica San Juan. El
andar ruidoso de su motor "a explosión", alarmaba a los vecinos
que se asomaban por las ventanas para verlo pasar.
Para no ser menos, la familia Ambrosis, dueños de un corralón
de madera, aparecieron con un Panhard Lavasor con capota desmontable e inmensos
faroles de bronce lustrado.
El reconocimiento de las distintas marcas de automóviles que ya se
dejaban ver por las calles del centro, era todo un entretenimiento. Por aquel
entonces circulaba un Hotchkis con capot circular, de fabricación inglesa,
un Benz alemán gris
de gran tamaño, y un Delage francés: "Ayer por la tarde
se vio circular por la Avenida Monteverde, al pintoresco y recién llegado
Benz, que atrapó la mirada de todos los paseantes", contaba una
crónica social de la época.
Indudablemente, las carreras de caballos eran la mayor atracción para
el público platense. Al hipódromo concurría una multitud
de gente que hacía largas colas en las ventanillas de apuestas y vitoreaba
desde las tribunas a sus favoritos sin distinción de edad, sexo, ni
posición económico social. Aunque sectores muy diversos se daban
cita allí, existía cierto límite que marcaba la diferencia
entre gritar desde "la oficial" a sufrir por un pingo desde "la
popular".
El circo era el acontecimiento
que lograba sacar a los niños de la modorra casi pueblerina de la ciudad.
Cada tanto desembarcaba en la Plaza Alberti (25 y 38) y tanto era su éxito,
que atraía gente de localidades cercanas.
Cómo aún no existía toda una parafernalia montada para
consumo especial de los niños -aparte de pelotas y muñecas confeccionadas
por artesanos-, éstos tenían que inventar juegos para aquellas
largas horas de siesta. Tal vez por idea de algún abuelo paciente e
inventivo, se popularizó entre los más chicos ir a ver los trabajos
edilicios que, de a poco, proliferaban en la ciudad.
Ser espectador de la actividad de "los picapedreros"
resultaba entretenido. Los obreros, llegados mayormente de otras ciudades
y países, trabajaron durante meses en el empedrado de la ciudad, puliendo
cada adoquín y dándole forma a cada una de las piedras "bola".
Entre los entretenimientos del Zoológico, llamaba mucho la atención
un chimpancé llamado Max, que había pertenecido al circo Hagenbeck.
Según relata una crónica: "El mono del bosque está
acrecentando su popularidad. Hay tardes que anda en bicicleta y simula atropellar
a la gente robando las carcajadas de los más pequeños. Días
atrás se lo vio comiendo y tomando refrescos en la confitería
del zoológico. Vestía elegante frac, como todo un señor".
Un mundo al margen de los códigos de la elite y de las
familias "del centro" aparecía allá donde las luces
de la avenida Monteverde no llegaba y el ruido de los coches daba lugar a
un apacible concierto de grillos. Mundo inexplorado y temido, faceta "non
santa" de la ciudad del progreso.
A esta otra cara
de la ciudad la constituían, en principio, tres prostíbulos,
que eran los primeros centros de difusión del
tango.
Al estar prohibido bailarlo en público por sus figuras consideradas
"indecorosas", los únicos lugares para disfrutarlo eran estos
sitios, irremediablemente mal considerados por los vecinos del centro.
En estos incipientes lugares de la noche, se floreaba con los cortes y quebradas
de "Polenta", como le decían a Atilio Gariboto, quien, con
sólo doce años y un violín, ya tenía en su haber
los tangos "Que polvo con tanto viento" y "Aflojale que colea".
Para los carnavales de los primeros años de 1900, Mister Cassels organizaba
asiduamente bailes públicos en el salón que estaba en 54 entre
9 y 10, donde se bailaba tango ante una concurrencia de cocheros, mucamas,
diarieros, cocineras y amas de leche. Un cronista de "El Nacional"
describía al tango como "movido y rápido. Tan bueno como
una gimnasia descoyuntadora".
Sin embargo, el
tango continuaba con un perfil bajo para el público en general. Igualmente,
algunos salones platenses ya comenzaban a permitir el tango a razón
de dos o tres por noche, previa autorización de una comisión
municipal. Un encargado de pista vigilaba a las parejas, expulsando a todo
aquel que bailara con corte. Los salones familiares de ese tipo eran: "Ombú
de verdes"(63 y 10), "El Jagüel" (53 y 21), y "Exito
Argentino" (Diagonal 79 y 117), entre otros.
Un hecho fundamental sucedió en 1921. El Sr. Cantilo, Gobernador de
la Provincia, brindó un baile en el Palacio de Gobierno con el conjunto
de Osvaldo Fresedo. De ésta forma levantó semi-oficialmente
la prohibición de bailar tango en los salones. Décadas más
tarde, una crónica periodística recordará aquellos códigos
inalterables: "época donde se usaban los carnets de baile y donde
las damas anotaban en el programa de la noche las piezas prometidas. Se incluían
treinta piezas, incluyendo doce tangos sin bises".
Cierto frenesí de los dorados años 20' se deja sentir en La
Plata. Una serie de cambios, tanto en las modas como en los roles sociales,
pueden notarse en el imaginario de la década que comienza. De la mano
de la radio y el cine cobrarán vigor y difusión las nuevas corrientes
artísticas, intelectuales y también, las modas e innovaciones
en el vestir.
Es el momento en que el mundo occidental se precipita al gran salto del cambio.
La sociedad platense de aquella época es poco afecta a las transformaciones
bruscas y un gran sector de la población se aferrará a rituales
y códigos que se desvanecen, irremediablemente. Este proceso traerá
aparejado, al fin y al cabo, nuevas formas de convivencia en una sociedad
en movimiento.
La tensión y fragmentación harán su aparición
en la escena social más tarde, pero es en ésta época
donde pueden divisarse los cimientos -frágiles, pequeños, vulnerables-
que poco a poco darán forma a las múltiples formas de habitar
la ciudad.
BACZKO, Bronislaw. "Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas",
Editorial Nueva Visión, Buenos Aires, pag.32.
MURARO, Heriberto, "La comunicación de masas. Introducción,
notas y selección de textos", Centro Editor de América
Latina, 1977.
GAGGIOTTI, Hugo, "Ciudad, texto y discurso. Una reflexión en torno
al discurso urbano". En Scripta Vetera, edición electrónica
de trabajos publicados sobre geografía y ciencias sociales. Universidad
de Barcelona.
Diarios "El Día", "La Capital", "La Propaganda",
Archivo Biblioteca de la UNLP.
Revistas "Labor", "Nosotras", "La ciudad", "Caras
y Caretas". Hemeroteca de la Biblioteca de la Nación.
"La Argentina en el Siglo XX", Ed. Salvat. 1997.
Lic. Constanza Crowder
Licenciada en Comunicación Guía de Turismo de nuestra ciudad y Capital
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