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Crónicas de La Plata. XX/XXI


Pasatiempos de otros tiempos


Los platenses de principio de siglo se divertían, pero condicionados al extremo por lo "socialmente aceptado" y lo "mal visto". Desde aquel universo vivencial, empezaron a bosquejarse los distintos roles en el escenario social.

Por la Lic.Constanza Crowder

En las primeras décadas de 1900, un mundo de roles, etiquetas y maneras de actuar dominaba la escena de la vida cotidiana y por ende, las formas de pasar el tiempo libre. Mundo no tan lejano, pero lo suficiente como para percibir hoy con extrañeza ciertos rituales que pintaban aquel principio de siglo XX.
La clase, el género y la edad eran las principales limitaciones a la hora de divertirse y nadie se oponía a las reglas del juego. Se disfrutaba en los ratos de ocio, pero con la mirada ajena a cuestas. Indefectiblemente.

Juegos de pertenencia

Por aquellos años, pertenecer a la elite significaba someterse a reglas y costumbres que eran cumplidas a rajatabla como admisión implícita a ciertos lujos y lugares de encuentro.
Los hombres "del centro" hacían vida social en el Jockey Club de La Plata y allí pasaban horas; jugaban al bacará, al póker y los más osados practicaban esgrima. Mientras cenaban, se dedicaban a la actividad masculina por excelencia de aquel tiempo: hablar de política.


En cambio las mujeres, al estar sometidas a innumerables prejuicios, tenían una vida social limitada. Sus actividades se reducían al hogar y las pocas distracciones que disfrutaban eran las tertulias familiares. Allí tomaban el té, acompañadas por la interpretación de los músicos clásicos inmortalizados en las vitrolas.
Las más jóvenes, al estar vigiladas bien de cerca, sabían como aprovechar toda ocasión para mostrarse y reconocerse. Ir a la Iglesia, por ejemplo, era toda una salida. Los sábados y domingos por la tarde, las puertas de la Iglesia San Ponciano, el Sagrado Corazón o la Catedral, se poblaban de jóvenes que aún no encontraban un lugar para sus primeros intentos de acercarse al sexo opuesto.


Allá por 1920, el diario "El Día" publicaba: "Consejos útiles para el hogar" y se extendía, todas las semanas, en pasajes imperdibles: "Asistir a misa con devoción: Muchas personas toman el ir a misa como una diversión, y no como una devoción. Y si no es verdad lo que aseguro, que lo nieguen algunas jovencitas que asisten al oficio divino solamente porque saben que a la salida verán al asiduo festejante, que desde el atrio les dirigirá una mirada prometedora... La prueba es la forma en que se presentan las pretendidas jóvenes devotas en la casa de Dios, con sus mejores galas: el sombrerito nuevo, el elegante traje de sastre que realza su figura juvenil, el "rimel" de las pestañas, el "rouge" de los labios y la impecable melena que dejará al descubierto la nuca depilada, al inclinarse místicamente ante el altar. ¡No se respeta la casa de Dios! Ninguna creyente elegante y mundana va a la primera misa, ni a la segunda ni a la tercera, sino a la de las once, que es la más concurrida. Hoy hay modas hasta para ir a misa... "

¿Mirar o ser parte?


El paseo de buen tono era recorrer las tiendas del centro. La típica "vuelta al perro", propia de los pueblos de la provincia, se realizaba casi como un ritual por la calle 7, de 48 a 49. Cuando caía el sol, los platenses se daban cita allí y, con el paso lento del que no tiene que llegar a ningún lado, pasaban por la ferretería La Tenaza (49 y 7), que exponía los primeros Studebaker llegados a la ciudad.


Una de las atracciones de amplia y libre concurrencia eran los "inventos de época". Las crónicas periodísticas cuentan que allá por el año 1906 apareció en La Plata el primer automóvil, perteneciente a los dueños de la tienda céntrica San Juan. El andar ruidoso de su motor "a explosión", alarmaba a los vecinos que se asomaban por las ventanas para verlo pasar.
Para no ser menos, la familia Ambrosis, dueños de un corralón de madera, aparecieron con un Panhard Lavasor con capota desmontable e inmensos faroles de bronce lustrado.


El reconocimiento de las distintas marcas de automóviles que ya se dejaban ver por las calles del centro, era todo un entretenimiento. Por aquel entonces circulaba un Hotchkis con capot circular, de fabricación inglesa, un Benz alemán gris de gran tamaño, y un Delage francés: "Ayer por la tarde se vio circular por la Avenida Monteverde, al pintoresco y recién llegado Benz, que atrapó la mirada de todos los paseantes", contaba una crónica social de la época.


Indudablemente, las carreras de caballos eran la mayor atracción para el público platense. Al hipódromo concurría una multitud de gente que hacía largas colas en las ventanillas de apuestas y vitoreaba desde las tribunas a sus favoritos sin distinción de edad, sexo, ni posición económico social. Aunque sectores muy diversos se daban cita allí, existía cierto límite que marcaba la diferencia entre gritar desde "la oficial" a sufrir por un pingo desde "la popular".


El circo era el acontecimiento que lograba sacar a los niños de la modorra casi pueblerina de la ciudad. Cada tanto desembarcaba en la Plaza Alberti (25 y 38) y tanto era su éxito, que atraía gente de localidades cercanas.
Cómo aún no existía toda una parafernalia montada para consumo especial de los niños -aparte de pelotas y muñecas confeccionadas por artesanos-, éstos tenían que inventar juegos para aquellas largas horas de siesta. Tal vez por idea de algún abuelo paciente e inventivo, se popularizó entre los más chicos ir a ver los trabajos edilicios que, de a poco, proliferaban en la ciudad.


Ser espectador de la actividad de "los picapedreros" resultaba entretenido. Los obreros, llegados mayormente de otras ciudades y países, trabajaron durante meses en el empedrado de la ciudad, puliendo cada adoquín y dándole forma a cada una de las piedras "bola".
Entre los entretenimientos del Zoológico, llamaba mucho la atención un chimpancé llamado Max, que había pertenecido al circo Hagenbeck. Según relata una crónica: "El mono del bosque está acrecentando su popularidad. Hay tardes que anda en bicicleta y simula atropellar a la gente robando las carcajadas de los más pequeños. Días atrás se lo vio comiendo y tomando refrescos en la confitería del zoológico. Vestía elegante frac, como todo un señor".



Las diferencias


Un mundo al margen de los códigos de la elite y de las familias "del centro" aparecía allá donde las luces de la avenida Monteverde no llegaba y el ruido de los coches daba lugar a un apacible concierto de grillos. Mundo inexplorado y temido, faceta "non santa" de la ciudad del progreso.


A esta otra cara de la ciudad la constituían, en principio, tres prostíbulos, que eran los primeros centros de difusión del tango. Al estar prohibido bailarlo en público por sus figuras consideradas "indecorosas", los únicos lugares para disfrutarlo eran estos sitios, irremediablemente mal considerados por los vecinos del centro.
En estos incipientes lugares de la noche, se floreaba con los cortes y quebradas de "Polenta", como le decían a Atilio Gariboto, quien, con sólo doce años y un violín, ya tenía en su haber los tangos "Que polvo con tanto viento" y "Aflojale que colea".


Para los carnavales de los primeros años de 1900, Mister Cassels organizaba asiduamente bailes públicos en el salón que estaba en 54 entre 9 y 10, donde se bailaba tango ante una concurrencia de cocheros, mucamas, diarieros, cocineras y amas de leche. Un cronista de "El Nacional" describía al tango como "movido y rápido. Tan bueno como una gimnasia descoyuntadora".


Sin embargo, el tango continuaba con un perfil bajo para el público en general. Igualmente, algunos salones platenses ya comenzaban a permitir el tango a razón de dos o tres por noche, previa autorización de una comisión municipal. Un encargado de pista vigilaba a las parejas, expulsando a todo aquel que bailara con corte. Los salones familiares de ese tipo eran: "Ombú de verdes"(63 y 10), "El Jagüel" (53 y 21), y "Exito Argentino" (Diagonal 79 y 117), entre otros.
Un hecho fundamental sucedió en 1921. El Sr. Cantilo, Gobernador de la Provincia, brindó un baile en el Palacio de Gobierno con el conjunto de Osvaldo Fresedo. De ésta forma levantó semi-oficialmente la prohibición de bailar tango en los salones. Décadas más tarde, una crónica periodística recordará aquellos códigos inalterables: "época donde se usaban los carnets de baile y donde las damas anotaban en el programa de la noche las piezas prometidas. Se incluían treinta piezas, incluyendo doce tangos sin bises".

El gran salto


Cierto frenesí de los dorados años 20' se deja sentir en La Plata. Una serie de cambios, tanto en las modas como en los roles sociales, pueden notarse en el imaginario de la década que comienza. De la mano de la radio y el cine cobrarán vigor y difusión las nuevas corrientes artísticas, intelectuales y también, las modas e innovaciones en el vestir.
Es el momento en que el mundo occidental se precipita al gran salto del cambio. La sociedad platense de aquella época es poco afecta a las transformaciones bruscas y un gran sector de la población se aferrará a rituales y códigos que se desvanecen, irremediablemente. Este proceso traerá aparejado, al fin y al cabo, nuevas formas de convivencia en una sociedad en movimiento.
La tensión y fragmentación harán su aparición en la escena social más tarde, pero es en ésta época donde pueden divisarse los cimientos -frágiles, pequeños, vulnerables- que poco a poco darán forma a las múltiples formas de habitar la ciudad.

 


BACZKO, Bronislaw. "Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas", Editorial Nueva Visión, Buenos Aires, pag.32.
MURARO, Heriberto, "La comunicación de masas. Introducción, notas y selección de textos", Centro Editor de América Latina, 1977.
GAGGIOTTI, Hugo, "Ciudad, texto y discurso. Una reflexión en torno al discurso urbano". En Scripta Vetera, edición electrónica de trabajos publicados sobre geografía y ciencias sociales. Universidad de Barcelona.
Diarios "El Día", "La Capital", "La Propaganda", Archivo Biblioteca de la UNLP.
Revistas "Labor", "Nosotras", "La ciudad", "Caras y Caretas". Hemeroteca de la Biblioteca de la Nación.
"La Argentina en el Siglo XX", Ed. Salvat. 1997.

Lic. Constanza Crowder

Licenciada en Comunicación Guía de Turismo de nuestra ciudad y Capital

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