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Una
nota del Investigador Juan A. Greco
Nuestra ciudad, tal como lo quiso su mentor y fundador Dardo Rocha, esta engalanada con diversas obras escultóricas. Las plazas estan adornadas con esculturas de nuestros Próceres, alegorías y otras esculturas simbólicas.
Pero ninguna de ellas es tan ignorada por los platenses, como las que llamamos:
“los Gladiadores” o “Los luchadores Romanos” que en
realidad son “Pugilistas griegos”, me refiero a los personajes
que están en el extremo noroeste de Plaza San Martín, Creugas
y Damoxenos.
Según el relato del ilustre Pausanias, historiador, viajero y geógrafo
griego, autor de la obra “Descripción de Grecia” la cual
nos permitió conocer la arquitectura, pintura, escultura y costumbres
griegas; Nacido en Lidia, Asia Menor en el siglo II después de Cristo,
tuvo el honor de presenciar en unos juegos Nemeos en Argos, un combate entre
dos púgiles de gran estima entre el público. Elos eran Creuga
o Creugante, atleta griego nacido en Epidauro y su adversario Damoxenos, nacido
en Siracusa.
El ganador se llevaría la tan preciada corona de Apio Silvestre para
ofrendarla a su diosa protectora, como era la costumbre. Estos juegos era
uno de los eventos mas importantes, junto con los juegos Olímpicos;
Piticos y Poseidonios, se realizaban cada dos años y según la
leyenda, lo había instaurado “Hércules” como recordatorio
de haber matado en ese lugar al León de Nemea, cumpliendo con uno de
los doce trabajos que le había encomendado el Rey Euristeo.
Ambos púgiles comenzaron la contienda, los puños de ambos, estaban
revestidos de cuero blando de buey sin curtir, que cubría una fina
plancha de metal, que se colocaba en la mano y se trenzaba de tal forma que
dejaba a descubierto los dedos.
Al tener uno y otro una gran destreza y habilidad, se terminaba la jornada
sin un ganador. Los Jueces decidieron que el mejor golpe dado entre ellos,
previo sorteo de quien sería el primero, daría fin al juego
y saldría el vencedor.
El azar permitió que Creugas sería quién comenzara y
dirigió su golpe en forma premeditada a la cara, Damoxenos, en una
acción ilícita hizo que su contendiente bajara la guardia y
quedara indefenso, aprovechando la situación para aplicarle un golpe
terrible y decisivo en el vientre. Cuenta Pausanias, que el siracusano había
unido a la violencia del golpe, la agresión de los dedos en punta y
a la dureza de sus uñas, de tal modo que sus manos llegaron hasta las
entrañas.
Greugas se desplomo, sobrevino una hemorragia y luego de una corta agonía murió, Damoxenos y sus seguidores no dieron importancia a la situación y vieron la victoria, pero los jueces argivos descalificaron al siracusano por falta de ética deportiva y proclamaron vencedor de este combate a Creugas, que yacía muerto.
Señala Pausanias, que en honor al griego, se levantó una estatua
en su honor, en el templo de Apolo en Argos.
Dieciséis siglos después, el escultor italiano nacido en Treviso,
Antonio Canovas (1757-1822), decidió llevar al mármol y en un
solo grupo escultórico a los dos púgiles, inspirado en la literatura
y en una plástica de origen helénico, estas obras finalizadas
entre el año 1800 y 1806, junto con Perseo, también de su autoría
, se encuentran en el museo del Vaticano.

De estos originales salieron varias reproducciones que ocupan lugares de privilegio
en importantes ciudades del mundo, la ciudad de La Plata, como no podía
ser de otra manera, también posee una copia, realizada en mármol
de Carrara y con un peso de 350 Kg. cada una, estas se encuentra en plaza
San Martín.
Durante muchos años ambos contendientes estuvieron separados, colocando deliberadamente a Demoxenos el vencedor descalificado, en el extremo de la plaza que da sobre calle 6 y 50, mientras que a Creugas, se lo ubicó en avenida 7 y 50, a la sombra y con el perfume de las flores que da el Cinamomos, en un ambiente forestal típicamente griego.
El nuevo milenio, como si perdonara a Damoxenos por su indebido comportamiento,
decidió juntar a ambos rivales y colocarlos en un pedestal, en el sitio
de honor que durante años disfrutara Creugas , trasmitiendo a los platenses
que no siempre se coronó a la ilegalidad, haciéndose justicia
aún en tiempos muy lejano a los nuestros.
Juan A. Greco
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